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El Guadaíra en bicicleta

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Entre febrero y julio de 2021 publiqué en La Voz de Alcalá una serie de artículos con el título “El Guadaíra en bicicleta”. Todos los textos fueron escritos en enero de 2021, pero se basan en paseos por el río Guadaíra realizados a lo largo de los últimos 15 años. Cada artículo está ilustrado con una foto tomada durante dichos paseos. Ahora, gracias al excelente trabajo de edición gráfica de Sergio Granados-Chahín, lo hemos puesto todo en un solo archivo.


El bautismo de arroz

Arrozales (foto by IMJ)

El Guadaíra en bicicleta /9

La avioneta se gira a media altura e inicia una suave maniobra de aproximación sobre las tierras de labrantío. Como estamos cruzando los arrozales, la trayectoria de descenso pasa justo sobre nuestras cabezas. Cuando se aleja el sonido de las hélices, oímos el liviano bombardeo de las semillas de cereal cayendo sobre el casco. Han pasado solo unos pocos días desde San Isidro, pero ya se presiente el verano. Los campos de arroz forman una colcha de retazos anegados de agua en la que pronto apuntarán las briznas de hierba.

La siembra con avioneta es más eficiente y mejora la productividad de las cosechas. Son días con un trasiego inesperado de tractores, trabajadores agrícolas y algún paisano distraído en la pesca de albures. El estuario del Guadaíra coincide con los confines de las marismas del Guadalquivir. Aunque la extensión más amplia se concentra en la margen derecha, justo en la desembocadura del Guadaíra se inicia también una zona de arrozales. El cauce transformado se integra en un paisaje que es al mismo tiempo natural y construido. Las zonas de cultivo dependen de la circulación continua del agua. No es fácil decidir qué parte corresponde al hábitat original y cuál es el resultado de la acción humana. Estos humedales hacen de Sevilla la provincia con mayor producción de arroz en España. Ajenos a las estadísticas, los ibis europeos, con su característico pico curvo, rebuscan larvas y cangrejos de río en los campos inundados. Un poco más abajo el Guadaíra se une con el Guadalquivir en un remanso de fango.

Las aguas siguen con otro nombre camino de Sanlúcar. Inopinadamente, desde su origen hasta la desembocadura, el Guadaíra es un río de influencia atlántica, pese a que nunca se encuentre con el Golfo de Cádiz. El recorrido por los márgenes, desde Pozo Amargo hasta los arrozales, revela la capacidad de regeneración del río. Las estaciones depuradoras y las balsas de evaporación han contribuido a que ya no sea el cauce contaminado de la década de los ochenta. Sigue viviendo, no obstante, en un equilibrio inestable y aparece a ratos descuidado, con vertidos de alpechín y residuos urbanos. Pero en la bicicleta pesan más los momentos de disfrute: el reconocimiento del medio a pedales es una forma de entusiasmo. Cauce arriba hemos contemplado a los galgos corriendo entre terrones. Ahora las imágenes de carrizos, cañas y juncos se funden con la aparición extravagante de la abubilla.

La marcha se hace cansina cuando encaramos hacia la costa para completar el recorrido. Hemos llegado a la desembocadura y nuestro viaje llega a su fin, pero el río continúa. Entre Doñana y la Sierra de Cádiz, el Guadaíra no termina en el Guadalquivir. Ni siquiera muere en la mar…

  • Publicado en La Voz de Alcalá, 1-14 de julio de 2021, página 22.

La barca coriana

Camino de la desembocadura del Guadaíra (foto by IMJ)

El Guadaíra en bicicleta /8

Nos estamos acercando a la desembocadura. Resuena el eco metálico de un motor desgastado. Echamos pie a tierra cuando vemos dos barcazas haciendo una extraña danza en el río. Giran sobre su propio eje mientras la corriente las empuja hacia abajo. Con la ayuda de un contrapeso sobre el mástil, dos hombres están levantando los largueros en los que se apoya la red. La malla adopta una forma cóncava para subir las capturas. Desde un pequeño bote, otro pescador recula con dos remos, quizás para asustar a los peces y ayudar con el levantamiento de los dos maderos. Encontrarse con una embarcación de pesca con cuchara es un golpe de suerte: se trata de un lance de pesca tradicional en el Bajo Guadalquivir que ha ido desapareciendo y del que apenas queda constancia de una barca en Coria del Río. Tiene que ser ésta. Probablemente los riacheros han cruzado al lado del Guadaíra para hacer sus capturas. Nos quedamos un rato haciendo fotos como quien contempla una escena antigua, extemporánea.

El curso bajo del Guadaíra es vertedero y reserva ornitológica a la vez. Junto a la estación depuradora de aguas residuales de El Copero apenas hay un reguero de agua maloliente. Por eso sorprende que unos cuantos kilómetros más abajo se asiente una pequeña colonia de flamencos. Más allá, en los humedales del Brazo del Este también buscan refugio algunas de las aves que habitan en Doñana. Estamos en las inmediaciones del parque natural. En los meses de confinamiento, los flamencos han subido en el curso del río mucho más arriba de lo habitual, de modo que el paseante se topa con una estampa que esperaría encontrar en las marismas de Sanlúcar. Bajo el cobijo de la margen derecha, varios ejemplares rosados alargan su cuello con elegancia, hasta hundir su pico en el fango.

  • Compadre, esto parece un documental del National Geographic.
  • Y eso que estamos solo a unos pocos kilómetros de Sevilla.
  • Ya tenía ganas de soltar el rodillo y salir al campo.
  • Y yo.

Antes de unirse con el Guadalquivir el cauce retranqueado va creciendo en caudal y anhela ser absorbido por el preparque. El que una vez fue uno de los ríos más contaminados de Europa, a ratos parece una reserva natural. Las riberas son un trasiego constante de burros, caballos, vacas retintas, garzas y alguna oveja. Los ciclistas se despiden del Guadaíra y siguen su recorrido hasta el estuario del río grande, en el Atlántico. Llevan en la mochila la memoria de un afluente de espíritu contradictorio, que fluctúa en un equilibrio inestable entre la podredumbre y la vida, mientras discurre discreto a la espalda de pueblos y ciudades.

  • Publicado en La Voz de Alcalá, 15-30 de junio de 2021, página 22.

El Canal de los Presos

Canal de los Presos (foto by IMJ)

El Guadaíra en bicicleta /7

A la entrada del puente-tubo un cartel de la Junta de Andalucía lo identifica como “lugar de memoria histórica”, acompañado de un texto enfático: “este canal (…) fue construido a costa de sangre y muerte, con el trabajo esclavizado al que la dictadura franquista sometió a los presos republicanos en beneficio de las oligarquías terratenientes”. Aunque el rótulo es reciente, está marcado con rayaduras y arañazos que han intentado borrar partes del enunciado.

El canal de riego del Bajo Guadalquivir sortea el Guadaíra con una canalización en altura, justo en el punto en el que el itinerario de los ciclistas se separa del río, cuando inicia su recorrido por los arrabales de la ciudad de Sevilla. Durante varios kilómetros discurre en paralelo al trazado del antiguo Tren de los Panaderos. En este tramo las lluvias traen toallitas que se enredan en los juncos de la ribera, además de otras basuras que en algunos recodos adoptan el aspecto de un vertedero. En el espacio urbano el Guadaíra es un muro de contención, una barrera natural, un encauzamiento que discurre por la periferia y sirve de frontera para los barrios más pobres. Por los descampados apenas transitan algunos rebaños de cabras.

Se trata de un cauce venido a menos, en sintonía con las expresiones de exclusión social a las que acompaña. El profesor Francisco José Torres Gutiérrez explicó en un libro sobre la segregación urbana la diversidad de formas que adoptan los vecindarios desfavorecidos. En unos casos los barrios fueron construidos por los propios vecinos en suelo rústico, a medida que la población procedente de las áreas rurales se asentaba en la periferia de la ciudad. En otros casos se formaron barriadas de promociones públicas y polígonos de viviendas sociales, por lo general con residentes de escasos recursos. Ese es el panorama al que se asoma el Guadaíra, primero en Torreblanca y luego en el Polígono Sur.

En Torreblanca se asentaba una de las “agrupaciones de trabajo” para construir el canal del Bajo Guadalquivir. Los reclusos redimían tres días de cárcel por cada día de trabajo. Las familias construyeron chozos y fueron conformando un tejido vecinal cohesivo, con un fuerte sentido de pertenencia. Más tarde se desarrollaron promociones de viviendas públicas, aunque mantuvo la identidad de barrio popular. En cambio, en el caso del Polígono Sur la construcción de los edificios en altura fue la antesala del alojamiento de vecinos sin vinculación comunitaria previa, conformando “contenedores de población excedente” a gran escala.

Paradójicamente, los trabajos forzados dotaron al vecindario del canal de los presos de una historia compartida. En la adversidad se forjaron relaciones y se desarrolló una conexión emocional colectiva que, pasado el tiempo, se traducen en una mayor capacidad de resistencia que emparentan el carácter del barrio con el del propio río.

  • Publicado en La Voz de Alcalá, 1-14 de junio de 2021, página 22.

El vuelo de los cormoranes

Cormorán del Guadaíra (foto by IMJ)

El Guadaíra en bicicleta /6

En los primeros días de invierno, cualquier mirada distraída sobre la rueda delantera se tropieza con algunas manchas blanquecinas sobre el albero. Es un anuncio del retorno de los cormoranes en su migración de temporada. En los últimos años varios ejemplares se posan en el ramaje de dos árboles resecos, a unos cuantos metros del Molino de Cerrajas. Como los excrementos del cormorán son corrosivos, desecan paulatinamente los árboles en los que descansan. Desde la otra orilla, el contraluz de los pájaros en las copas sin hojas forma una sombra espectral.

Una de las primeras sorpresas para el paseante primerizo por la ribera es la abundancia y la diversidad de aves en el Guadaíra. Sin ir más lejos, en este mismo tramo del río, en los meses fríos del año es habitual toparse con una garza real de pelaje gris y azulado, que levanta el vuelo y se posa en los recodos de cauce bajo, cada vez que alguien se acerca. Entre Cerrajas y Pelay Correa, en un espacio que según las crónicas fue área de influencia de una aldea medieval, la antigua presencia humana parece haber sido sustituida por un asentamiento numeroso de polluelas, fochas, patos y garcetas.

Como no sé nada de pájaros, si una especie llama mi atención tengo que hacer algunas indagaciones para saber de qué se trata. Recurro muchas veces a un blog en el que José Antonio Benítez ha ido recopilando durante más de diez años fotografías de aves en el entorno del Guadaíra. No es un inventario sistemático de ornitología, sino un compendio de conocimiento ecológico local. A diferencia de las guías de aves, que proporcionan una clasificación biológica estructurada, este es un repositorio contextualizado, basado en la experiencia directa con el entorno. Por eso facilita que pueda reconocer mis propios avistamientos. El resultado es un acercamiento al patrimonio natural a través de las lecciones aprendidas por quien ha dedicado horas de observación en el mismo escenario. Pasa lo mismo con el patrimonio histórico. Todos conocemos algunos sabios locales que sin ser doctores en historia ni expertos en construcciones medievales lo saben todo sobre la industria molinera de Alcalá.

Me alejo pensando en el valor comunitario de los saberes informales basados en la pasión por el entorno y en la experiencia personal. Me distrae un chapoteo en el río. Después de una inmersión para pescar barbos o carpas, un cormorán levanta el vuelo hasta uno de los árboles marchitos de la margen izquierda. Corre sobre el agua, despega a cámara lenta, e inicia un vuelo rasante, con un aleteo que acompaña el ritmo del pedalier. Se posa en una rama y abre las alas como una gabardina para secarse al sol.

  • Publicado en La Voz de Alcalá, 15-31 de mayo de 2021, página 22.

La ciudad industriosa

Ciclista en el Puente del Dragón (foto by IMJ)

El Guadaíra en bicicleta /5

Cambio de marcha, repique de piñones. Iniciamos un ligero descenso desde la mesa de Gandul hasta el enclave almohade. El paisaje va quedando en segundo plano, a la sombra del ambiente construido. El Castillo de Marchenilla es la puerta de entrada a un nuevo escenario. Primero se adivina una mancha de pinos y casas encaladas. Con unos cuantos giros de manillar llegamos a un promontorio desde el que se domina el hotel Oromana, el Castillo, los pisos de San Francisco, la torre de Santiago y un antiguo silo para los granos de trigo. El río llega a su culmen cuando alcanza la ciudad a la que le da nombre. No hay nada que añadir. La densidad histórica y cultural en torno al río ya ha sido tantas veces contada por los lienzos de Sánchez Perrier, o por los relatos de viajes a lo Washington Irving, que es fácil caer en la repetición o en el estereotipo. Pinares, canteras de albero y molinos.

En ese escenario el ojo experto sabe desentrañar las capas de historia medieval, romana o romántica. Se me vienen a la cabeza un puñado de nombres que pueden hablar con pasión y con conocimiento sobre esos siete u ocho kilómetros de cañón excavado por el río que dan forma a Alcalá. Desde la bicicleta se adopta una mirada de menor profundidad, aunque también puede ser abarcadora. A ritmo de biela, dos estratos destacan por encima del resto: los molinos harineros y el recorrido urbano del tren. Los ingenios hidráulicos medievales confluyen en un mismo escenario con la Revolución Industrial del xix. Confirmamos las expectativas a la altura del manantial del Zacatín. La estampa portentosa de La Adufe flanquea el Molino de Realaje, en un pintoresco contraste de los ladrillos de la edificación inglesa con las almenas de la torre almohade. La estación de bombeo da continuidad a los usos del agua por parte de la industria en un mismo lugar durante siglos. En este recodo el río es el recuerdo de una vía que lleva agua y pan hasta Sevilla.

Aún hoy sigue la resonancia del gremio de los panaderos. Sin embargo, no parece estar arraigado en el autoconcepto de los residentes la identidad de ciudad industrial e industriosa. Quizás porque por un tiempo la ciudad se desconectó del río, el carácter trabajador y laborioso perdió centralidad en la autodefinición colectiva: suelen ser otros los factores y los símbolos a los que se recurre para expresar el sentido de pertenencia. Pero la historia sigue ahí. El encadenamiento de azudes remansa el Guadaíra y se recrea en un patrimonio de agua y trigo. Se asemeja a un jardín islámico que florece entre manantiales naturales, pero que al mismo tiempo es espacio productivo y lugar de trabajo.

En la siguiente curva tengo que frenar: un paisano que carga con unos cuantos barbos en un cubo me recuerda que los alcalareños han vuelto a pasear por su río. El agua brota, a contraestilo, de las paredes de albero.

  • Publicado en La Voz de Alcalá, 1-14 de mayo de 2021, página 29.

Divertimento del Guadairilla

Inmediaciones del Guadairilla (foto by IMJ)

El Guadaíra en bicicleta /4

En la margen izquierda solo hay que subir un pequeño repecho desde el puente de la vega para sentir la presencia del Arroyo de Guadairilla. Enseguida se percibe que nos acercamos a un terreno fértil, de suelos húmedos y profundos: incluso en la temporada seca, esta es una zona de acuíferos y manantiales abundantes. A lo lejos una hilera de árboles revela el sinuoso recorrido del afluente, poco antes de desembocar en el Guadaíra. Siguiendo ese horizonte como referencia permanente, pedaleo hasta la línea de olmos y eucaliptos. En las inmediaciones del pequeño bosque en galería me encuentro con la figura huidiza de un zorro que no tarda en buscar refugio entre la vegetación. Me deja pensando que el paisaje cambia con las estaciones y cambia cada día.

En invierno desde el alcor se domina un lienzo de recuadros verdes y marrones. El campo rezuma humedad. Tras las lluvias la tierra arcillosa conserva el agua durante días. Las cubiertas van moldeando el suelo como si fuese plastilina. Las ruedas se agarran a la superficie y el fango se pega en el plato, en los piñones y en la cadena. Suenan algunos tiros lejanos de cazadores, y las briznas de hierba se agitan con el repullo de una perdiz que corretea por la pradera. En los días claros, se divisa el escarpe de Los Alcores hasta Carmona. Las sombras se alargan con una luz mortecina.

En verano la vega del Guadairilla es de una belleza desoladora. Los sembrados de trigo y cebada están achicharrados por el sol. Con el trasiego de los campos de labor, el camino se va llenando de ramas secas, tallos de girasoles y rastrojos. A ambos lados del camino se suceden los mendrugos de tierra y los pastos quemados. Con el mediodía, se levanta un ligero viento solano. Se oye el zumbido de las líneas de alta tensión y un ligero cascabeleo de las vainas de los garbanzos. De un salto, un conejo se esconde a nuestro paso entre los arbustos y busca el parapeto de los cardos abrasados.

El antiguo camino vecinal que une Alcalá y Utrera es, en gran parte de su trazado, una línea recta con leves ondulaciones en el terreno. Bajar a la vega ofrece varias alternativas para rodar unas cuantas decenas de kilómetros de manera sostenida. El mismo camino se repite, como una melodía con sus variaciones. Por eso, con el paso de los días, salir en bicicleta transforma la relación con el medio. Aunque empieces a estar más pendiente de si hace aire o si va a llover, las inclemencias del tiempo dejan de importar, porque son parte del paisaje. En sucesivas salidas, se va enriqueciendo el mapa cognitivo y se desarrolla una conexión directa con el entorno. El resultado es un sentimiento reforzado de apego al lugar… Si alguna vez tengo que aterrizar en el aeropuerto de San Pablo, me invade la sensación de que pertenezco a esos terrones secos que se ven a través de la ventanilla.

  • Publicado en La Voz de Alcalá, 15-30 de abril de 2021, p. 22

Las chumberas de Gandul

Rebaño por el arroyo de Gandul (foto by IMJ)

El Guadaíra en bicicleta /3

Hay que salir temprano para evitar las horas de más calor del día. Remontamos por el arroyo de Gandul hasta el mausoleo romano y tomamos el antiguo recorrido del tren. Dejamos el terreno arenoso de Las Canteras y entramos en la pista de albero. En adelante la cornisa de los alcores es una vía verde con una pendiente casi imperceptible, que hace de línea divisoria con la campiña. En muchos tramos los cactus han formado una linde natural, entreverada con pitas, palmitos y esparragueras. Hasta hace bien poco no era raro encontrarse con algún lugareño recolectando higos chumbos, con una caña para no llenarse de espinas. Sin embargo, de pronto las chumberas se han cubierto de una sustancia blanca algodonosa y los arbustos están resecos. La plaga de cochinillas pudre la planta hasta que solo queda un armazón marchito.

Se dice que las administraciones públicas no realizan actuaciones de prevención y control de plagas en este caso porque las chumberas están catalogadas como especie invasora. No he podido encontrar cuáles son los argumentos ecológicos para considerarla dañina. Como lego en la materia, me sorprendo de que después de más de cuatrocientos años integradas con el entorno se sigan considerando exóticas e invasoras. En ese intervalo ya les habría dado tiempo a acabar con lo que tenían que acabar. Entretanto, han formado parte del paisaje durante generaciones y para algunas familias llegó a ser incluso un medio de subsistencia. En muchos pueblos el puesto ambulante con higos chumbos, cabrillas y caracoles forma parte del patrimonio inmaterial. Ese debería ser motivo suficiente para valorar el impacto de las especies “invasoras” en los medios de vida y en el bienestar de la población, y actuar en consecuencia. Seguro que escuchar a los interesados puede ofrecer mejores alternativas que verlas morir sin más al lado del camino.

Como una pedalada lleva a la siguiente, cuando me doy cuenta mis pensamientos han saltado al otro lado del charco. Hace unos años, entre los ambientalistas de Estados Unidos surgió un movimiento para “reconectar” con las comunidades locales que dependen de los combustibles fósiles. En los montes Apalaches muchos pueblos viven de la minería del carbón. Sin embargo, la mecanización de las actividades extractivas, la explotación alternativa del gas natural y las regulaciones ambientales contribuyeron al declive económico y ocasionaron la devastación cultural de la región. Con el desempleo llegaron los problemas sociales y el consumo abusivo de alcohol. En la población arraigó el resentimiento. Los trabajadores del carbón reaccionaron contra las ideas ecologistas: cuestionaban que la lucha contra el cambio climático tuviera que recaer únicamente sobre sus hombros. Entendían que el interés por instalar paneles solares y fomentar el uso de energías alternativas era cosa de las élites urbanas, que no sabían por lo que ellos tenían que pasar para sacar adelante a sus familias. Fue entonces cuando el populismo de Donald Trump, entre otros, rentabilizó políticamente el descontento en la zona. Por eso una parte del movimiento ecologista entendió que era necesario establecer puentes con los obreros de la industria del carbón y tener en cuenta sus necesidades sociales y económicas para poner en marcha cualquier iniciativa de protección ambiental.

Caigo en la cuenta de que he llegado hasta aquí después de ver una planta marchita. El lector convendrá conmigo en que el sabor de un higo chumbo en verano, como la magdalena de Proust, puede despertar recuerdos que creía olvidados. No obstante, para cultivar la memoria sentimental hace falta quien vele por la planta y extraiga sus frutos con cuidado de no llenarse de espinas.

  • Publicado en La Voz de Alcalá, 1-14 de abril de 2021, página 22.

Blues de la frontera

Torre de la Membrilla (foto by IMJ)

El Guadaíra en bicicleta /2

Ciclistas y caminantes son beneficiarios inesperados de las vías por las que antes pasaba el ganado. Alcalá tiene un amplio patrimonio de cañadas, veredas y cordeles de dominio público. En cuanto se abandona el núcleo urbano las arterias para conducirse por el territorio son los caminos de tierra arcillosa, piedras y albero. En el Descansadero de Trujillo cruzamos a la margen izquierda del Guadaíra. Seguimos la vía pecuaria, que discurre en paralelo a su curso, hasta encontrarnos de nuevo con el río a la altura de Arahal. En su mayor parte es un recorrido llano, flanqueado por sembrados agrícolas, palmitos y lentiscos. El relieve monótono invita a rodar de manera sostenida. El único hito en el camino son los restos de la Torre de la Membrilla, una atalaya desde la que antes se divisaba el escarpe de los Alcores y la campiña que se extiende hasta Utrera y Arahal. El mismo horizonte se mantiene a lo largo de kilómetros sin solución de continuidad. Cuando se adopta la cadencia adecuada, el ciclista se disuelve en el paisaje y apenas se percibe una ligera brisa que presagia tormenta, con el suave aroma a anís de las matas de hinojo. Este es un escenario en el que la dicha se conquista a golpe de pedal.

En esas estamos cuando es el propio río el que nos obliga a parar. El Guadaíra viene de ser frontera natural de la Base Aérea de Morón y sube en dirección noroeste hasta pasar por encima de la Cañada Real. Un campesino de la zona está moviendo las piedras del cauce para poder pasar con su coche. Se queja de que en otros ríos con menos caudal ya han instalado pasarelas de madera para cruzar la corriente de agua. El paisano señala por dónde queda la base y, con el mismo tono reivindicativo, nos advierte de que está ubicada en el término municipal de Arahal, por lo que bien podrían cambiar su nombre. Nos despedimos y cruzamos al otro lado por la travesía de piedras que con tanto cuidado ha dispuesto nuestro interlocutor.

El documental Rota ‘n Roll, dirigido por Vanesa Benítez Zamora, explica el impacto social y económico del asentamiento militar norteamericano en el pequeño pueblo agrícola y marinero que era la villa de Rota en la década de los 1950. El caso de Morón de la Frontera debe de haber sido muy parecido. Para establecer la base de Rota se realizaron expropiaciones de terrenos agrícolas que generaron un segmento de población desarraigado y contrario a la presencia foránea. Sin embargo, inmediatamente después llegaron los dólares, las oportunidades laborales y el desarrollo económico local. El grueso de la población acabó por aceptar el despliegue militar foráneo. La base también tuvo una fuerte influencia cultural que transformó los hábitos y actitudes de los roteños. Se multiplicaron los night clubs y se conseguían productos internacionales en una época en la que España estaba cerrada al exterior. Los discos de Rock and Roll llegaban a Rota casi al mismo tiempo que a las tiendas de música en Estados Unidos o en Londres. En Morón también se formaron parejas mixtas y la corriente de americanización dejó en el aire una mezcla extraña de jazz y flamenco.

En el tramo final la ruta pica hacia arriba y el ritmo se vuelve cansino. Quedan aún los olivares de secano y alguna vista panorámica de la Sierra de Esparteros. Como se acumula el cansancio y el sol empieza a apretar, ya solo pienso en parar en la primera cafetería que encontremos para pedir un bollo tostado con aceite. Si hay suerte, con tomate y jamón.

  • Publicado en La Voz de Alcalá, 15-31 de marzo de 2021, página 22.

El nacimiento seco del Guadaíra

Nacimiento del Guadaíra en Pozo Amargo (foto by IMJ)

El Guadaíra en bicicleta /1

Hemos subido en bicicleta por la Cañada Real hasta Morón. Paramos a desayunar y decidimos hacer el último tramo en coche. Echamos las bicis al maletero y seguimos la carretera que serpentea hasta el nacimiento del Guadaíra en la aldea de Pozo Amargo. En el mediodía de agosto, parece imposible que en ese secarral de colinas de piedemonte que se contempla desde el arcén pueda nacer ningún río. La cuenca es un manto pajizo abrasado por el sol, pese a las manchas de encinas y acebuches. Quedan también algunos árboles frutales junto a las ruinas del balneario de aguas termales, pero en su conjunto es un paisaje árido y desabrido.

Cerca del manantial de aguas sulfurosas del antiguo balneario, los vecinos han colocado un cartel para señalizar el nacimiento del río: se trata de un origen simbólico, arbitrario, que en este caso indica además un cauce seco y pedregoso. Aunque los viajeros más románticos busquen remontarse hasta el origen, los ríos tienen por regla general un inicio difuso que luego se concreta en un cauce definido. El paseante desprevenido quizás pueda aceptar sin gran resistencia que el primer reguero en el cauce alto se forme a partir de multitud de pequeños manantiales y aguas subterráneas, aunque probablemente le costará más asumir que el origen del Guadaíra, el día de su visita, es un cauce seco.

También es impreciso el origen geográfico. Estamos a un tiro de piedra del Peñón de Zaframagón y (un poco más lejos) en las inmediaciones de la Sierra de Cádiz. Como consecuencia de un pleito antiguo, el propio Pozo Amargo es hoy en el mapa una protuberancia de la provincia de Cádiz dentro de la provincia de Sevilla. De hecho, hubo una época en la que los habitantes de esta pedanía recurrían al doble empadronamiento en Morón y Puerto Serrano, igual que algunos de los cerros que se ven desde el balneario tienen un pie en Sevilla y otro en Cádiz.

El Guadaíra nace sin grandeza. En un modesto recodo de la carretera que conduce de Morón a Algodonales. El agua se filtra desde algunos peñascos anónimos de la subbética antes de formar un caudal que merezca el nombre de río. Sin embargo, son precisamente los días de estiaje los que demuestran la fuerza y la capacidad de resistencia de un flujo (pequeño pero permanente) que lleva la vida a una parte de la campiña sevillana antes de desaguar en el Guadalquivir. Sólo hay que pedalear un poco más para comprobarlo.

  • Publicado en La Voz de Alcalá, 1-14 de marzo de 2021, página 22.

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